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Todo lo que merece la pena tiene casi siempre algún sentido que se nos oculta, que se revela en el discurrir mismo de los acontecimientos. Cuando Pablo, de 3 Can Riff, nos propuso montar algo en Maniac Mansion para apoyar económicamente al pueblo Sirio supimos que había que hacerlo, incluso aunque no fuésemos capaces de convocar a nadie. En Amnistía sabemos desde hace mucho tiempo que salir a la calle y hacer visible la cara oculta de la condición humana, la injusticia social, las amenazas permanentes sobre la libertad y la dignidad, tiene sentido siempre, más allá de los beneficios inmediatos que arroje. Tarek, de la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio, también lo sabía, así que decidimos sumar voluntades.

Nos habíamos convocado a las 18:00 en el Maniac Mansión. Habíamos colocado en nuestra mesa de campañas nuestras mercaderías, nuestras carpetas para recoger firmas de apoyo y las camisetas que no conseguíamos vender, algunas casi tan antiguas como el propio grupo. Pablo y su gente seguían preparando el escenario y apilando cervezas en los frigoríficos. Eran las 19:30 y seguíamos solos. La amenaza de la invisibilidad se hacía más patente que nunca. El silencio  polvoriento de los pasillos de un centro comercial que todos han ido abandonando con el paso del tiempo multiplicaba en nuestros corazones el valor de la inquietud. Mientras nos contábamos nuestros planes para las vacaciones y nos poníamos al día, por los ángulos más oscuros de nuestras conciencias paseaba, una vez más, el fantasma del fracaso. La intuición de que todo cobraría sentido sólo como un tenso ejercicio de voluntad ciudadana trazado en el vacío, un estricto ejercicio de disciplina ética.

Iván llegó cargando con sus bolsas repletas de comida árabe: falafel, taboulé, humus… Había trabajado en la cocina durante todo el día convirtiendo su oficio en virtud, con delicadeza e ilusión. El cuentacuentos arrancaba con seis o siete personas en la sala y arrancaban también los primeros aplausos y las primeras sonrisas. Cuatro chavales querían entrar, pero no les llegaba para el donativo. Hicimos una excepción. Todo seguía en el límite.

De pronto empezasteis a llegar. Fuisteis llegando todos poco a poco, habitando el espacio vacío que la duda había tallado en nuestra imaginación y llenando de esperanza el silencio de los pasillos. Fuisteis llegando todos, los de siempre, los que habéis decidido crear con vuestras propias vidas un recinto en el que la vida y la dignidad, crezcan en nuestra ciudad y en todas las ciudades. Llegasteis, como siempre, para cancelar todas las dudas.

La sala se llenó y los pasillos inhóspitos se fueron llenando también y se convirtieron en un gran camerino, en la antesala de la representación. Todo el mundo tuvo la paciencia de esperar su turno. Y vendimos, por fin, algunas de nuestras camisetas del 50 aniversario de Amnistía. Vendimos incluso el pequeño bolsito andino que nos acompañaba desde nuestro primer acto de calle, hace no se sabe cuánto. La música se fue convirtiendo poco a poco en el laboratorio de la vida, se precipitó por los pasillos y los locales abandonados, y, como era previsible, nos hizo de algún modo mejores, más cercanos, más asequibles, más reconocibles.

El dinero que recaudamos no supera seguramente el precio de un menú degustación para dos en Arzak o un bolso de Hermès. Pero su valor es incalculable. Todos los que tuvimos el privilegio de compartir la noche del sábado en Maniac sabemos que el horizonte de lo humano se expresa en la voluntad férrea de distinguir el precio de las cosas de su valor. Los que no lo sabían seguramente no tuvieron más remedio que aprenderlo a marchas forzadas.

Este no es un texto de agradecimiento sino, más bien, de reconocimiento colectivo. Un gesto por el que todos (artistas, activistas, asistentes, beneficiarios) intentaríamos reconocernos como parte de un mismo proyecto. Todos, en ese sutil ejercicio de voluntad que nos sacó de la penumbra somnolienta de nuestras casas la tarde del sábado, somos emisores y receptores de gratitud y reconocimiento. Por eso no desplegaremos aquí ninguna nómina de protagonistas. Nuestras voluntades viajarán hacia Siria, juntas y anónimas, en  un cajón de madera apilado en el remolque de un camión. Nuestro gesto incorpora en su morfología, en su forma, la forma del otro sin rostro al que va dirigido. Y se hace humano justo en esa aspiración ciega, anónima y desinteresada tan difícil de entender para los niños y para los egoístas. Ojalá que encontremos el modo de seguir cultivando juntos esta aspiración.

Tino

Grupo Local de AI Tres Cantos

 

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