Leo, con una mezcla de asombro, impotencia y desolación, la nota de prensa que firma la redacción del Tricantino sobre nuestro acto de calle del día 4 de Marzo. El objetivo del acto era conseguir que el ayuntamiento de nuestra ciudad hiciese público el número de refugiados que, en su caso, estaríamos en condiciones de acoger en Tres Cantos. Amnistía Internacional pretendía presionar al gobierno del estado con una cifra concreta, haciéndole ver que los municipios españoles están en condiciones de acoger y que no hay excusas para seguir aplazando la tarea de traer a nuestro país a los 17337 refugiados que Europa nos había adjudicado.

Dos días antes nos habíamos reunido, por iniciativa suya, con la concejala de servicios sociales para explicarle el sentido de la campaña, sobre la que ya le habíamos informado por escrito en nuestra invitación oficial al acto. No tuvimos mucho éxito. La concejala y el aparato local del partido nos hicieron ver que hacer pública una cifra concreta era poco riguroso y además inútil. Lo importante, insistieron, era que, llegado el momento, el ayuntamiento estuviese dispuesto a poner en marcha sus recursos. Les hicimos ver que no se trataba de hacer una estimación precisa, sino, más bien, un gesto simbólico de compromiso. Nos dijeron que nada de gestos y que, en cualquier caso, asistirían al acto.

Después de discutirlo entre nosotros, decidimos, intentando ser fieles a las indicaciones de los responsables de la campaña, remitir una carta al alcalde haciéndole ver que no habíamos alcanzado nuestro objetivo y  que, por tanto, su presencia como presidente del consistorio ya no tenía sentido. Le recordamos al alcalde que se trataba de un acto de solidaridad con los refugiados y que nadie debería asistir sólo para sacarle a la convocatoria rendimiento político o de cualquier otro tipo.

El alcalde, la concejala y otros miembros de la corporación decidieron asistir. Nuestra coordinadora dejó claro de nuevo durante su intervención que el alcalde había decidido no concretar ninguna cifra y que, por tanto, no habíamos alcanzado nuestro objetivo. Aclaró que estábamos allí, en cualquier caso, para celebrar el hecho de que en otras ciudades y pueblos españoles sí que se habían aportado cifras concretas y también para mostrar nuestro compromiso con los cientos de miles de personas que languidecen en los campos de refugiados.

El titulo de la nota de prensa malversa el sentido de nuestro compromiso afirmando en que “La Asociación Amnistía Internacional nombra a Tres Cantos ciudad acogedora con las personas refugiadas”. El resto de la nota se dedica enteramente a glosar los méritos de la corporación para ser merecedora de semejante distinción, méritos entre los que no se encuentra  el  único que hubiera resultado decisivo en esta ocasión.

Por supuesto, el grupo local de AI Tres Cantos, que siempre ha tenido una relación cordial con la corporación, no ha nombrado a Tres Cantos “ciudad acogedora”. El lema de la campaña, “Inauguramos ciudad”, perdió todo su sentido porque la concejala y/o el alcalde, no sé bien a quién atribuir el mérito, decidieron que los gestos simbólicos son inútiles. Ciertamente, no sé qué sentido tiene que intente demostrar que la noticia es desoladoramente cínica. La noticia ya está circulando desde hace semanas, dispuesta a sumarse modestísimamente a la avalancha de ruido mediático, a la montaña de verdades a medias y mentiras explícitas, que poco a poco van socavando nuestra confianza en la verdad como valor. Ya sé que nadie tiene la obligación de decir la verdad, pero sí tal vez, qué menos, de no mentir consciente o estratégicamente.

Sé también que mi desolación es tal vez desproporcionada, si se tiene en cuenta el motivo. Una malversación flagrante, sí, pero sobre un asunto que no tiene transcendencia alguna. Un alcalde de una pequeña ciudad inventada y algo pretenciosa, plantada en un secarral de un país atrapado en la fantasía de un puñado de corruptos ambiciosos, decide mentir o dejar que otros lo hagan por él con la justa pretensión de seguir pareciendo una alternativa política razonable para sus vecinos.

Las estructuras políticas son tan poderosas que lo más probable es que nuestro alcalde ni siquiera sea consciente de su verdadera responsabilidad en esta pequeña trama, casi invisible. Y si lo es, tal vez entienda que la política actual consiste justamente en ese juego de acumular pequeñas ventajas simbólicas, decir mentiras o medias verdades y denunciar las que construyen otros. Tapar, por pura insistencia, unas mentiras con otras. Esta tolerancia con la mentira es tal vez solo la consecuencia del culto a las apariencias, una vieja tradición a la que tanto ha contribuido la telemática en los últimos tiempos. En realidad, la disposición a mentir eficazmente se está convirtiendo poco a poco en una virtud pública.

El aparato político de un partido es, ante todo, un dispositivo de producción y ocultación de mentiras, o, si se quiere, de producción de verdades pragmáticas, es decir, discursos que son promovidos sólo en la medida en que son útiles para algo o para alguien. Los partidos políticos hacen una inversión incalculable de recursos económicos y humanos en la creación y mantenimiento de esta maquinaria de producir mentiras, o verdades pragmáticas y visibles. Esta maquinaria produce un tipo de subjetividad política arcaica y aberrante, basada en la memoria, más que en el recuerdo, en la repetición, más que  en la asimilación razonada, y en la fidelidad, más que en la confianza. La memorización mecánica del argumentario del partido con la que se desayunan hoy en día la mayoría de los políticos es la técnica psicológica, y moral, que ha sustituido al debate, la dialéctica y la argumentación. Al argumentario le queda de la actitud propiamente argumental de la vieja democracia sólo su origen etimológico. La política ya no se hace en el parlamento, que es solo el escenario en el que se cierra el drama. La política se hace en las pantallas. En las nubes, en realidad. La política se hace en las nubes. El parlamento sólo importa en la medida en que se haga visible o se represente en las pantallas: la representación de la representación.

Bajo el régimen del argumentario,  obsesionado por la visibilidad y la disciplina, resulta del todo innecesario que un político sea culto, razonable o prudente. No digamos ya justo: basta con que tenga memoria y fidelidad perruna al partido. La memoria al servicio de la fidelidad. Y la fidelidad garantizada por la promesa  implícita de seguir medrando en el escalafón del partido. Se trata de una cultura política, no de una cultura de partido. El encaje institucional de los partidos y su profunda dependencia de los medios, tanto de los tradicionales, como de los telemáticos (redes sociales, blogs y foros), y de los bancos, producen la cultura política que nos merecemos.

Si un acontecimiento tan banal e invisible como nuestro acto de calle del día 4 anima a mentir, cuánto más animarán a hacerlo asuntos más graves, como, justamente, el que nos llevó ese día a la calle. A nadie parece importarle un comino que nuestro país no vaya a cumplir ni por asomo su promesa de tener aquí en Diciembre de este año 2017 a las 17337 personas refugiadas que llegaron a las costas europeas huyendo del terror, con sus proyectos de vida seguramente cancelados para siempre y sus recuerdos enterrados definitivamente bajo los escombros de las ciudades que tuvieron que abandonar. Una promesa que confirmó el ministro Dastis hace pocos meses en el momento oportuno. No cumplir una promesa es otra forma de socavar la delicada variedad de la verdad que se esconde en el corazón de la confianza. Nos convierte en seres desconfiados y confirma la hipótesis bajo la cual todo parece cobrar sentido: la civilización es en realidad la variedad más cruel, por consciente e intencionada, de la barbarie. No cumplir una promesa de la que dependen tantísimas vidas concretas es abrir las puertas a la forma más despiadada de desesperanza. Hace de algún modo nuestras propias vidas imposibles, invivibles. Convierte nuestras vidas en aporías morales, en dilemas irresolubles: ¿de qué manera puedo seguir viviendo dignamente si permito (y lo estoy haciendo) que otros mueran pudiendo evitarlo? ¿es su muerte el único modo de que yo siga viviendo como lo hago?

 

Florentino Blanco

Grupo Local AI Tres Cantos

Si te gusta, comparte
Share

Deja un comentario